Monte Testaccio: la montaña de ánforas que cuenta la historia del aceite
Millones de fragmentos, letras casi borradas y un puzle gigantesco. Así convirtió el Monte Testaccio lo que parecía basura en un archivo sobre el aceite romano.
LOS EXPEDIENTES DEL ACEITE DE OLIVA
LAURA CALVO LORENTE
9/18/20268 min leer
Durante siglos pareció una montaña de cerámica rota. Hasta que sus fragmentos empezaron a contar de dónde venía el aceite que alimentaba a Roma.
En Roma existe una montaña que no debería estar allí.
No nació de la tierra. Ni de una erupción. Ni del movimiento de las placas.
La construyeron los romanos acumulando millones de ánforas que habían transportado aceite de oliva.
Hoy mide unos 35 metros de altura y casi un kilómetro de circunferencia. Pero durante mucho tiempo aquella montaña planteó más preguntas que respuestas.
¿Por qué había tantas ánforas en el mismo lugar? ¿De dónde procedían? ¿Qué habían transportado? ¿Y por qué alguien se había tomado la molestia de ordenar tantos recipientes rotos hasta levantar una montaña que todavía permanece en pie?
Cuando empecé a investigar esta historia, encontré un documental sobre el Monte Testaccio.
Y mi primera reacción fue bastante menos emocionante de lo que me gustaría reconocer:
«Dios mío, qué tarea más aburrida. Coger un cascote, mirarlo, anotarlo… y volver a empezar con el siguiente».
Uno.
Y otro.
Y otro más.
Hasta que entendí que aquellos investigadores no estaban perdiendo el tiempo mirando pedazos de cerámica.
Estaban intentando reconstruir un puzle de millones de piezas.
Una conservaba un nombre. Otra, un peso. Otra, una procedencia. Otra, una marca de control.
Cuando empezaron a encajarlas, la montaña dejó de ser un montón de recipientes rotos. Se convirtió en uno de los mayores archivos conocidos sobre el comercio del aceite en la antigua Roma.
Y gran parte de aquella historia había comenzado muy lejos de allí.
En la Bética.
En la actual Andalucía.
Porque el descubrimiento no estaba escondido debajo de los fragmentos.
El descubrimiento eran los propios fragmentos.
Monte Testaccio: una montaña que no nació de la tierra
El Monte Testaccio se encuentra en Roma, cerca del antiguo puerto fluvial del Tíber. Desde fuera podría parecer una colina como cualquier otra.
Pero no lo es.
No se formó por un movimiento de la tierra. Tampoco por la erosión ni por la acumulación natural de sedimentos.
La construyeron los romanos.
Tiene alrededor de 35 metros de altura y casi un kilómetro de circunferencia. Bajo la vegetación se esconden millones de fragmentos de ánforas depositados durante siglos.
Nosotros podemos mirar aquello y pensar: «un vertedero».
Y, en parte, lo fue. Pero llamarlo únicamente vertedero sería como encontrar las facturas, los albaranes y las etiquetas de todo un país, amontonarlos en una habitación y decir que solo son papeles viejos.
Aquella cerámica rota contenía información.
El problema era aprender a leerla.
Heinrich Dressel y el trabajo menos espectacular de la arqueología
En 1872, el arqueólogo alemán Heinrich Dressel comenzó a estudiar de manera sistemática los fragmentos del Monte Testaccio.
Aquí es donde yo vuelvo mentalmente al documental.
Imagina horas mirando asas rotas, números incompletos y letras que apenas se distinguen. Tomas una pieza. La limpias. La observas. Anotas lo que ves. La comparas con otra.
Y vuelves a empezar.
No parece el momento más emocionante de una película de arqueólogos. Pero sin ese trabajo paciente no existiría la revelación.
Dressel encontró sellos impresos en la cerámica, grafitos y restos de inscripciones pintadas. Empezó a clasificarlos y a compararlos hasta comprender que aquellas marcas no eran adornos ni garabatos sin importancia.
Eran pistas.
¿Fue realmente la lluvia la que reveló las inscripciones?
En torno a esta investigación se cuenta una escena magnífica: comienza a llover, la cerámica se humedece y unas letras oscuras que casi no se veían en seco aparecen sobre los fragmentos.
Ojalá pudiera decirte que sabemos exactamente qué día ocurrió, cuánto llovió y qué inscripción apareció primero.
No podemos.
La humedad sí puede aumentar el contraste y ayudar a distinguir restos de pintura sobre la cerámica. Pero no existe una prueba histórica sólida que permita convertir aquella lluvia en el instante milagroso en que Dressel descubrió qué era el Monte Testaccio.
La montaña ya se sabía formada por fragmentos de ánforas. Y comprender sus inscripciones exigió mucho más que un chaparrón.
La lluvia pudo hacer visible una pista.
Lo difícil fue aprender a interpretarla.
Y esa diferencia me parece importante. Porque encontrar información no significa todavía comprenderla.
Nos ocurre también cuando cogemos una botella de aceite y vemos palabras, números, fechas y lugares. La información está ahí. Otra cosa es saber qué nos está contando.
Las ánforas romanas también llevaban información
Muchas de las ánforas del Monte Testaccio conservaban tituli picti, es decir, anotaciones pintadas sobre la cerámica. También aparecían sellos y grafitos.
En esas marcas podían registrarse datos como:
• el peso del recipiente vacío;
• la cantidad de aceite transportada;
• la procedencia de la mercancía;
• los nombres de comerciantes o responsables;
• determinados controles administrativos.
¿Eran etiquetas como las que encontramos hoy en el supermercado?
No exactamente.
No indicaban notas de cata ni recomendaban utilizar aquel aceite con una ensalada. Pero sí acompañaban la mercancía con información que permitía identificarla, controlarla y seguir parte de su recorrido.
Por eso podemos utilizar la comparación, siempre con cuidado: aquellas inscripciones cumplían algunas funciones que hoy asociamos con la identificación comercial y la trazabilidad.
De repente, el cascote dejaba de ser un cascote.
Era un pequeño documento contable.
Y la montaña entera se convertía en el archivo comercial de un imperio.
¿Qué tenía que ver Andalucía con aquella montaña de Roma?
Muchísimo.
Una gran parte de los fragmentos pertenece a ánforas conocidas como Dressel 20: recipientes grandes, de cuerpo redondeado, utilizados principalmente para transportar aceite de oliva.
Muchas procedían de la Bética, la provincia romana que ocupaba buena parte de la actual Andalucía, especialmente el valle del Guadalquivir.
Esta es la parte en la que la historia deja de resultarme lejana.
Porque ya no estoy imaginando solo una montaña en Roma. Estoy pensando en un aceite que comenzó su viaje en un territorio que todavía hoy vive mirando al olivar.
El aceite descendía desde las zonas productoras hacia los puertos fluviales. Desde allí continuaba hasta la costa y después cruzaba el Mediterráneo rumbo a Roma.
Cada ánfora podía transportar unos 70 litros de aceite. Llena, podía acercarse a los 100 kilos.
Piensa ahora en el esfuerzo de producirla, llenarla, moverla hasta el río, cargarla, descargarla y hacerla llegar a una ciudad situada a más de 1.500 kilómetros.
Y después multiplica ese viaje no por cien ni por mil, sino por millones de recipientes.
Ahí empiezas a entender la verdadera dimensión del comercio del aceite en la antigua Roma.
Roma no consumía unas cuantas ánforas de aceite
Cuando hablamos del Monte Testaccio, las cifras pueden volverse tan grandes que dejan de significar algo.
Millones de fragmentos. Siglos de acumulación. Decenas de metros de altura.
Pero la montaña hace visible algo que de otro modo sería difícil imaginar: Roma necesitaba una cantidad descomunal de aceite.
Se utilizaba como alimento, pero no solo como alimento. También formaba parte de otros usos cotidianos y de un sistema de abastecimiento ligado a una población enorme, al ejército y a la administración imperial.
Por eso estas ánforas son una mina de información. Sus restos ayudan a investigar quién producía, quién comerciaba, de dónde procedía el aceite y cómo se controlaba durante su recorrido.
Una montaña hecha de recipientes rotos permite reconstruir relaciones comerciales que no podríamos ver de otra manera.
No está mal para un montón de cascotes.
Hace cinco años yo tampoco sabía leer las pistas
Hay algo de esta historia que me toca especialmente.
Hace cinco años yo no sabía leer una etiqueta de aceite.
Y eso que vivía rodeada de olivos.
Veía una fecha, una variedad, una procedencia o una palabra como «refinado», pero no siempre sabía qué importancia tenía cada cosa. Tenía la información delante y, aun así, no sabía interpretarla con criterio.
No era porque fuera tonta. Era porque nadie me había enseñado dónde mirar.
Por eso no creo que el problema del consumidor sea siempre la falta de información. Muchas veces tenemos demasiada y no sabemos separar la pista importante del ruido.
Eso mismo me enseñó el Monte Testaccio.
Los fragmentos estuvieron allí durante siglos. Las marcas también. Lo que faltaba era alguien capaz de relacionarlas, hacer las preguntas adecuadas y traducir lo que significaban.
Ese es también el trabajo que yo quiero hacer con el aceite de oliva.
No decirte qué botella debes comprar como si solo existiera una respuesta correcta. Enseñarte qué mirar, qué preguntar y cómo interpretar lo que tienes delante.
Porque lo que no se entiende, difícilmente puede valorarse.
Lo extraordinario no era encontrar una pieza: era hacerla encajar
Al principio de esta investigación pensé que estudiar aquellos trozos uno por uno debía de ser desesperante.
Ahora creo que ahí estaba precisamente lo extraordinario.
No en encontrar una pieza perfecta, sino en comprender qué aportaba cada fragmento al conjunto.
Un nombre aislado podía parecer irrelevante. Un peso, solo un número. Una marca, apenas una mancha.
Pero al compararlos aparecía el mapa de un comercio que conectó los olivares de la Bética con la capital del Imperio.
Quizá por eso esta historia permanece conmigo.
Nos recuerda que mirar no siempre significa ver.
Y que, a veces, lo que parece basura solo está esperando a que alguien aprenda a leerlo.
El caso del Monte Testaccio todavía no está cerrado
Las inscripciones resolvieron muchas preguntas, pero dejaron otra delante de nosotros.
Si aquellas ánforas habían servido para transportar un producto tan valioso, ¿por qué los romanos las rompían después de vaciarlas?
¿Por qué no las limpiaban, reutilizaban o enviaban otra vez a la Bética?
Y, sobre todo, ¿cómo consiguieron acumular millones de recipientes rotos sin que aquella montaña se viniera abajo?
La respuesta tiene que ver con la cerámica porosa, los restos de aceite, la cal y una forma de construir mucho más organizada de lo que sugiere la palabra «vertedero».
Ese será el siguiente expediente:
La montaña que Roma construyó con aceite.
Pero esa no fue la última vida del Monte Testaccio.
Siglos después se excavaron cuevas alrededor de su base. Mientras la parte superior quedaba expuesta al sol de Roma, junto a aquellas entradas y dentro de los espacios excavados el ambiente se mantenía mucho más fresco y estable.
Tanto, que acabaron utilizándose como almacenes y bodegas de vino.
La imagen es difícil de olvidar: arriba, el calor; abajo, el vino al fresco. Algunas personas han comparado el monte con un botijo gigantesco.
La comparación es buenísima, pero necesita una explicación: una montaña de cerámica no enfría exactamente igual que un botijo lleno de agua.
¿Qué conservaba entonces el fresco? ¿La cerámica, la profundidad, la sombra, la masa del monte o una mezcla de todo ello?
Ese será otro expediente:
La bodega donde el verano no entraba.
Si disfrutas descubriendo la historia que se esconde detrás de lo que comemos, puedes seguir tirando del hilo conmigo en Gotitas de Oro.
No necesitas convertirte en arqueólogo. Ni en catador.
Solo aprender dónde mirar.
Preguntas frecuentes sobre el Monte Testaccio
¿Qué es el Monte Testaccio?
El Monte Testaccio es una colina artificial de Roma formada principalmente por fragmentos de ánforas acumulados durante el Imperio romano. Muchas de esas ánforas se utilizaron para transportar aceite de oliva.
¿Cuánto mide el Monte Testaccio?
Actualmente alcanza aproximadamente 35 metros de altura y tiene cerca de un kilómetro de circunferencia. Su forma y dimensiones han cambiado con el paso del tiempo.
¿De dónde procedían sus ánforas de aceite?
Una gran parte de las ánforas olearias estudiadas procedía de la Bética, provincia romana que comprendía buena parte de la actual Andalucía. También llegaron recipientes desde otras zonas productoras, especialmente el norte de África.
¿Qué son los tituli picti?
Son inscripciones pintadas sobre las ánforas. Podían registrar pesos, nombres, procedencias y controles relacionados con la mercancía.
¿Descubrió Heinrich Dressel las inscripciones gracias a la lluvia?
Se ha popularizado la historia de que la lluvia ayudó a distinguir letras pintadas sobre la cerámica. La humedad puede aumentar su contraste, pero no existe una prueba histórica sólida para presentar un único día de lluvia como el momento en que se descubrió qué era la montaña. Dressel inició en 1872 una investigación sistemática basada en observar, clasificar y comparar numerosos fragmentos e inscripciones.
¿Qué transportaban las ánforas Dressel 20?
Las Dressel 20 fueron grandes ánforas globulares destinadas principalmente al transporte de aceite de oliva producido en la Bética.
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